Locke, Hume y Kant: cómo pensar la causalidad
- Inti Díaz Morán
- 6 feb 2024
- 19 min de lectura
Para empezar
Estábamos en el billar, pasando el rato entre amigos y, en un momento, vemos que una bola choca a otra, y ésta sale desplazada, cae de la mesa, e inmediatamente se arma una discusión: ¿qué pasó ahí? ¿Se puede decir que lo primero causó lo segundo? Entonces recuerdo que el pensamiento moderno constituyó esto como un problema filosófico. ¿Por qué? Porque se trata de cierto mecanismo psicológico de relación de ideas, que está situado en la base de casi todos los procesos mentales: la noción de causalidad. La modernidad se caracterizó por la búsqueda del método científico adecuado y su base epistemológica, y la causalidad es un pilar fundamental para el establecimiento de un camino confiable a la verdad.
Una de las corrientes que, según nos enseñan, busca dar respuestas al problema del conocimiento, es el empirismo. Ahora bien, si queremos hablar de “empirismo británico moderno” como un todo suturado y sin distinciones internas, resulta una generalización muy vaga, dado que se establecen tanto diferencias como similitudes, entre Locke, Berkeley y Hume. Pero es justamente el aporte de este último lo que determinará el curso de la teoría del conocimiento posterior. Veamos por qué.
Básicamente el principio de causalidad consistiría en que “todo objeto que comienza a existir debe su existencia a una causa”. David Hume desconfió de esta intuición, ya que consideraba que no era posible demostrarlo. Como empirista, para evadir la pura especulación de razonamientos metafísicos, se propuso derivar la causalidad directamente de la experiencia. ¿Es posible? ¿se puede encontrar una “impresión sensible” de aquello a lo que denominamos la causa de determinado efecto? Hume responde que no. Aunque se establezcan como necesarias las premisas de contigüidad espacial y de prioridad temporal de la causa respecto del efecto, entre ellas no existe una conexión necesaria. Por ello es que Hume concluye que la causalidad está vinculada con la creencia, el hábito y la costumbre. ¿Es la mente la que se acostumbra y piensa al futuro igual al pasado -como un salto inductivo- y cree que ese futuro repetirá ese pasado? ¿Es la causalidad un acto de fe? ¿Cómo puede un filósofo caracterizado como empirista afirmar eso?
Así, a partir de algunas indagaciones en las fuentes y en textos complementarios, en este texto me propongo mostrar primero, y a modo de comparación, el traspaso teórico de la noción de causalidad de John Locke a David Hume, para señalar los aspectos que comparten y aquellos que son transformados por el segundo; para luego, tomando la teoría de Hume como base, intentar exponer la importancia de la causalidad en la teoría del conocimiento moderna, al mismo tiempo que marcar las dificultades que se presentan a la hora de buscar una explicación de la causalidad desde un criterio empirista. Es decir, que si en la base del razonamiento está el supuesto de cierta uniformidad de la naturaleza como garantía de todo el proceso de conocimiento, daría la impresión de entrar en un razonamiento circular, o por lo menos confuso, incluso dentro de la lógica del mismo planteo empirista estándar. Porque entonces, si hay regularidad en la naturaleza, es porque ya se está pensando causalmente, y viceversa, si se piensa causalmente es porque se presupone uniformidad. Entonces, efectivamente, ¿existe esa regularidad? Puede ser, pero es cierto que también existen irregularidades en la misma naturaleza.
Hasta ahí vamos a llegar por ahora porque es un problema que un filósofo deja abierto para que luego sea retomado por otro como nuevo punto de partida. Por ello, en otro apartado, queremos señalar algunos componentes del mecanismo por el cual Kant se “despierta” de su “sueño dogmático” y pueda dar luz a las tres grandes Críticas, sobre todo la de la Razón Pura, dándole una respuesta más adecuada al complejo problema del conocimiento humano.
La causalidad para Locke
John Locke (1632-1704), uno de los pensadores más relevantes de la modernidad, se ocupó, como dijimos, del concepto de causalidad. Pero para entender dicho principio, antes debemos situarnos en su teoría general del conocimiento: el conocimiento humano se refiere al plano de las ideas (IV.1.1)[1], y el acto del conocer es precisamente la “percepción del acuerdo y la conexión, o el desacuerdo y el rechazo entre cualesquiera de nuestras ideas” (IV.1.2). ¿Qué son, entonces, esas ideas? Son objetos del pensamiento (II.1.1), y todas ellas vienen de la sensación o la reflexión, siendo constitutivas de la experiencia como el fundamento de todo conocimiento humano, de donde la razón extrae su material (II.1.2). No hay verdades a priori en sí, no hay principios innatos por los que la mente adquiera las ideas, no hay ideas innatas: las ideas simples nos son provistas, o bien por los sentidos, o bien por la percepción que la mente tiene de sus propias operaciones (II.2.2) –este pasaje es muy sugerente-, y a partir de ellas se van formando las ideas complejas (II.12.3).
Entonces debemos ubicar a la idea de causa y efecto como una idea compleja (II.12.3; II.12.7), más precisamente como una idea de relación, y por tanto se podría derivar de la experiencia -en última instancia de, mínimamente, la interconexión de dos ideas simples de sensación o reflexión intercambiando señales. Entonces tenemos las ideas de relación, las cuales se producen mediante un acto mental que consiste básicamente en “reunir dos ideas, sean simples o complejas, y colocarlas una junto a la otra de manera de tener una visión de ellas en conjunto sin unirlas en una sola” (II.12.1). Al percibir cualquier objeto, la mente no se encuentra confinada a la idea que tiene de él, sino que puede ir más allá de la cosa y pasa a “considerar cómo ella se sitúa con respecto a cualquier otra” (II.25.1). Es por este motivo que todas nuestras ideas pueden participar de un número casi infinito de relaciones (II.25.7); entre ellas, son de especial importancia las relaciones causales. Ahora bien, si todas nuestras ideas se derivan de la sensación y o de la reflexión (en el sentido indicado), ¿de cuáles, de qué tipo, de sensaciones y reflexiones se obtiene la idea de la relación causa-efecto? Y explica Locke:
En la noticia que nuestros sentidos reciben de la constante vicisitud de las cosas, no podemos dejar de observar que ciertos particulares, ya sean cualidades o sustancias, comienzan a existir, y que reciben de esta existencia suya de la correspondiente aplicación y operación de algún otro ser. De esta observación tomamos nuestras ideas de causa y efecto (II.26.1).
¿Qué es, entonces, la causa? Es aquello que hace que una cosa o idea empiece a existir; y el efecto es lo que debe su inicio a otra cosa. En palabras de Locke: “aquello que produce cualquier idea simple o compleja es denotado por el nombre general de causa, y aquello que es producido, por el de efecto” (II.26.1). Además, esta “operación” de “hacer que las cosas o ideas simples o complejas empiecen a existir” -es decir, de causar algo – puede darse de diferentes maneras. Locke distingue entre las relaciones de causa cuatro tipos diferentes: a) las de creación: cuando se produce algo de la nada; b) generación: cuando una cosa se compone a partir de otras existentes a través de un proceso natural; c) el hacer: es cuando una cosa se compone de otras por acción del hombre; d) alteración: cuando se modifican los accidentes de una cosa (II.26.2). Sin embargo, hay un problema, porque según el mismo Locke:
(...) para tener la idea de causa y efecto basta con considerar cualquier idea o sustancia simple que comienza a existir por la operación de alguna otra, sin conocer la manera de esa operación (II.26.2 in fine).
Es decir, para Locke tenemos una idea de aquello que denominamos causa porque “observamos la operación” mediante la cual una idea o una sustancia efectúa el inicio de la existencia de otra; pero no necesitamos, para poder hacerlo, conocer cómo se produce esa operación. Pero, volviendo al ejemplo de las bolas de billar, lo que percibimos es que una bola de billar se acerca a la otra y ésta sale despedida, pero vemos solamente la sucesión de hechos, no vemos esa operación de la mente que atribuye una relación de tipo causal. Llevémoslo al plano de las ideas, como Locke. Si bien observamos que dos ideas, A y B, se suceden la una a la otra, no observamos cómo es que A es causa de B: no hay ninguna sensación o reflexión que se corresponda con exactitud con esa idea de causa, siguiendo el esquema de Locke.
La causalidad para Hume
Fue David Hume (1711 -1776) quién se esforzó por dejar en claro que la causalidad es derivada siempre de la experiencia, y así trató de transformarla en un principio empírico-fenoménico y no en un concepto metafísico.
Tengamos en cuenta algunos aspectos de su teoría general del conocimiento, donde Hume recoge, ciertamente, muchas nociones de Locke, incluso reformulando algunas de ellas (el paso de “sensaciones” a “impresiones”). Con Hume, otras áreas de la experiencia humana como las pasiones, la imaginación, la memoria, la finalidad o intencionalidad adquieren mayor relevancia, para el conocimiento, que en muchos autores de la época. Respecto al origen de las ideas, hay dos tipos de percepciones mentales: las ideas y las impresiones -las primeras son lo mismo que “pensamientos”, siempre menos intensas que las segundas-[2]. Pero Hume cree que el pensamiento tiene sus límites: no va nunca más allá de las cosas materiales, aquello que se puede captar con los sentidos directamente de la experiencia. Las ideas con las que opera el pensamiento son todas copias de nuestras impresiones; porque no puede haber ideas sin una sensación previa [3]. He ahí el empirismo.
Ahora bien, Hume mantiene la distinción de Locke entre ideas simples y complejas: las primeras, unidas por “algún principio universal”, constituyen las segundas. El conocimiento, que es “todo objeto de razón”, se basa en establecer relaciones que pueden ser de dos tipos: relations of ideas, una operación mental; o matters of fact, relaciones de hecho en el mundo y la naturaleza. En ese esquema, un razonamiento es lo mismo que el descubrimiento de esas relaciones.
Pero la novedad que introduce Hume es la idea de que hay tres únicos principios generales de relación de ideas, y son: a) semejanza: coincidencia o no con respecto a un original; b) contigüidad: la de un objeto respecto a otros, tiene que ver con el contexto; y c) causalidad: es la relación causa- efecto. Solo los primeros dos principios se dan en la dimensión espacio-temporal. Hume no niega que hayan otros “principios de conexión” como por ejemplo el contraste o la oposición, pero básicamente entiende que son una mezcla entre causalidad y semejanza. En el Tratado sobre la Naturaleza Humana (1740) hace referencia, además de las cuatro relaciones fundamentales de la ciencia, a tres relaciones que no dependen de la idea y son: identidad, situaciones espacio-temporales, y causalidad ( I.3.2,p. 69)[4].
Sin embargo, la forma más habitual que tiene el entendimiento humano para conectar o relacionar dos o mas ideas es la forma causa-efecto[5]. Todos nuestros razonamientos acerca de hechos parecen fundarse en la noción de causalidad, la cual estaría dada por los sentidos y la memoria -y con esto comienza a erigirse como un problema el razonamiento por inferencia y allí está la raíz del cuestionamiento de la validez universal de la inducción, unida a la crítica de la inferencia causal-. Hume es el primero que advierte que la única relación independiente de la idea que puede incluso ser llevada más allá de los sentidos es la causalidad.
Entonces, adquirimos el conocimiento de la causalidad no por razonamiento “apriorístico” sino por experiencia[6], pero esto no deja de ser confuso. En efecto, en los objetos, no hay nada interno ni externo que pueda darnos una conclusión acerca de qué es causa o efecto. Por ello nuestro Hume analizará minuciosamente “el problema de la causa” hasta establecer dos aspectos esenciales íntimamente vinculados con la relación de causalidad: a) contigüidad, los objetos considerados causa y efecto son contiguos, están enlazados por una cadena de causas sucesivas ; y b) prioridad temporal, la causa no puede ser contemporánea de su efecto, sino no sería una causa -y si algo no tiene causa, o es “causado” por nada, y la nada no es; o es su propia causa, lo cual es imposible, al menos desde criterios empíricos (I.3.2, p 70)-.
Sin embargo, esto es insuficiente para aclarar la cuestión de la causa, que plantea un problema ligado al tema del movimiento. Vuelvo con el famoso ejemplo de las “bolas de billar”. Veo que cuando la primera bola choca a la segunda, esta última sale desplazada. ¿Se puede decir que se percibe la “operación” mediante la cual se piensa que lo primero es causa de lo segundo?, ¿Se corresponde con algún “intervalo sensible”, como diría Hume, que sirva de “impresión” que sustente dicha idea? Es claro que la contigüidad espacial y la prioridad temporal no pueden explicar el fenómeno por sí solas, ya que “un objeto puede ser contiguo y anterior a otro sin ser considerado como su causa” (I.3.2, p.71). De allí que Hume se adentre a especular sobre la noción de “conexión necesaria”. En el texto de 1751 le dedica al tema un vasto capítulo donde comienza por ubicar la idea de conexión necesaria como una idea metafísica y oscura, junto con ideas como poder, fuerza, ideas que serían necesarias en los humanos-.
Lo cierto es que el mismo ejemplo de las bolas de billar demuestra que esa idea de conexión necesaria no es algo que se deriva de objetos externos a los sentidos, la experiencia sólo nos enseña que un acontecimiento sigue a otro. Hume establece que la idea de conexión necesaria proviene de una impresión de reflexión, es decir de un proceso interno de la mente sobre sus propias operaciones; entonces la conexión necesaria es algo que se da en el plano del pensamiento, pero entonces no es algo que se pueda percibir en los hechos[7]. Hume define en este pasaje la causa:
Los objetos similares siempre están en conjunción con otros objetos similares, y de esto tenemos experiencia. Según dicha experiencia, pues, podemos definir como causa a un objeto, que va seguido de otro, siempre y cuando todos los objetos similares al primero vayan seguidos por objetos similares al segundo. O, en otras palabras, cuando el segundo objeto jamás habría tenido lugar, de no haberse producido el primero.[...] Se trata de un objeto seguido por otro, cuya aparición siempre dirige el pensamiento hacia aquel otro.[8]
Si la mente humana no puede razonar sobre sus ideas solamente sin mezclarlas con impresiones o ideas de la memoria -que son lo mismo-, para llegar a conocer el efecto, debemos partir de establecer la existencia de una causa; y para ello existen dos caminos: la percepción inmediata de la memoria o los sentidos, o la inferencia partiendo de causas que habría que explicar de la misma manera y así sucesivamente, entrando en una regresión. Lo cierto es que se torna imposible seguir así hasta el infinito, y lo único que puede detenerlo es la memoria o los sentidos (I.3.2, pp.74, 75, 76). Para salir de este destino circular, Hume propone un principio: el hábito, que a su vez genera la costumbre. Hay en el mundo una “propensión a la repetición”. La costumbre es lo que nos hace esperar el efecto luego de determinada causa. Y es por ella que trasladamos la experiencia pasada al futuro, y podemos afirmar “el sol saldrá mañana”, o en palabras del propio Hume, “la costumbre es, pues, la gran orientadora de la vida humana[9].
Entonces sí, es empirista el criterio, muy en el fondo, porque la experiencia es la base de ese acostumbramiento de la mente humana a esperar determinados acontecimientos similares a anteriores- la experiencia es la base de la memoria y los sentidos siempre-. Creer o reventar. Se vuelve muy importante el papel de la creencia: la mente humana tiende a creer que existen realmente parejas causales como nieve-frío o fuego-calor. Esa creencia es una imagen más vívida, más intensa y más “segura” que solamente imaginar, en el sentido de por ejemplo unir con la mente la idea de caballo y la idea de hombre y generar la idea de “centauro”- eso es ficción, no es objeto de creencia-[10]. En ese sentido la creencia es lo más parecido a una impresión por su fuerza y su poder creador, cuando permite trascender la barrera de la memoria y los sentidos.
Hume traza, entonces, la trama que une: creencia-costumbre-experiencia-sensación. La costumbre no sería más que algo así como un principio de correspondencia, que consiste en trasladar el pasado al futuro, relacionado a la creencia de que ese futuro se comportará más o menos como aquél pasado. Ahora bien, esta creencia que está en la base es inconsistente, porque ella misma es consecuencia de una relación causa-efecto, mediante la cual la mente concibe el simulacro de un objeto y se hace una idea fuerte y firme de él. Para Hume, es en la imaginación donde se van fijando ciertas ideas con fuerza, y esto influye determinantemente sobre las pasiones -que es un ámbito distinto de la razón, pero no menos poderoso-, de manera tal que se va gestando la confianza en la creencia. ¿Cómo terminamos aquí?
Algunos problemas
Es evidente la importancia de la categoría de causa, ya que es prácticamente determinante del curso de la teoría del conocimiento moderna. El principio de causalidad es la columna vertebral en el planteo epistemológico de lo que se conoce como el “empirismo moderno”. Para esta corriente del pensamiento, aquello que amplía nuestro conocimiento del mundo son las cuestiones de hecho- que se asocian directamente con el método inductivo-experimental-, y allí entra en escena la causalidad. Es un tipo de “conexión psicológica” que nos permite “dar el salto” de una cosa a la otra. Pero por más que ya se haya establecido la prioridad temporal y la contigüidad espacial de la causa con respecto al efecto como aspectos necesarios, no existe “impresión sensible”, o “idea simple”, que nos diga qué cosa es la causa. No se la puede percibir aplicando el mismo criterio empirista de verificabilidad.
Hume sabe que el principio de causalidad es la base para un conocimiento con base empírica sin supuestos abstractos o metafísicos. Si leemos rápidamente, aquí podría estar el nudo [11]: la causa se vería así reducida cuando es considerada como un hábito, una creencia. Es cierto que existe alta probabilidad de que lo que ocurrió una vez en determinadas condiciones volverá a ocurrir en un futuro cuando se den las mismas condiciones. Pero también es cierto que allí se presupone una cierta uniformidad de la naturaleza, del mundo, y en realidad esa es la base para que se mantenga firme la creencia. Así, pareciera ser que la noción empirista de causalidad reposa sobre el principio de uniformidad de la naturaleza, en una reacción contra la postura “racionalista” de concebir a la causalidad como un principio constitutivo y esencial de la naturaleza, el cual podemos descubrir con el simple análisis de ideas.
Pero esto es embarrar peor la cancha. Porque de esta manera pareciera ser que cada vez se va entrando más en laberinto en lugar de huir. Habría, entre causalidad y uniformidad, una petitio principii, una petición de principios mutua. Es decir, si me puedo apoyar en la uniformidad de la naturaleza es porque se le confiere confianza, y esto es posible porque los humanos pensamos causalmente a la naturaleza. A la inversa, aceptamos el principio de causalidad porque se supone cierta constancia en los hechos, o mejor dicho, cierta uniformidad de la naturaleza. Lo que tendríamos en tal caso sería es un principio explicando al otro, con lo cual queda sin explicarse ninguno.
Afirmar que para Hume el principio de uniformidad es absoluto es algo indemostrable. Que el futuro se comporte como el pasado resulta empíricamente indemostrable. Esta embestida contra el racionalismo -tomar dichos principios como fundamento universal para ampliar el saber-, es a lo sumo, peligrosa: la uniformidad de la materia es sólo una creencia. La creencia en sí no es una idea no tiene una impresión precedente. Y Hume no acepta el hecho de que pueda haber en la mente humana más contenido que impresiones e ideas.
Si bien es cierto que el concepto de causalidad es reducido en última instancia a una creencia, implícita en la uniformidad del mundo de la experiencia, Hume mismo es el primero en reconocer que esto conduce a una profunda perplejidad -o mejor dicho, a un escepticismo-. Por eso también en el manual escolar siempre se lo coloca a Hume en la columna de los escépticos y los empiristas.
En el último capítulo del primer libro del Tratado, Hume dice que la memoria, los sentidos y el entendimiento se fundamentan en la imaginación o en la vivacidad de las ideas. Un poder fuertísimo a la imaginación. Pero como principio, esto es algo inconstante. Porque es el mismo principio el que nos hace creer en la relación causa-efecto y a la vez en la uniformidad de la naturaleza, o si se quiere, en términos de Hume, en la “existencia continua de los objetos externos”. Pues bien, para nosotros, es imposible razonar con exactitud sobre causas y efectos a la vez que creer en la “existencia continua de la materia”(1.4.4, p.200). Y dice Hume:
Esta deficiencia de nuestras ideas no se percibe de hecho en la vida corriente ni nos damos cuenta de que en las relaciones más comunes de causa y efecto ignoramos tanto el principio último de enlace como en las menos usuales y extraordinarias. Esto procede meramente de una ilusión de la imaginación, y la cuestión es hasta qué punto podemos ceder a estas ilusiones. (1.4.4, p.200 in fine)
Asimismo, señala que el gran motivo de error de la filosofía -y lo más peligroso para la razón- es el vuelo de la imaginación. Es poderosa, por eso hay que saber conducirla. Por eso Hume propone, como actitud ante la vida y la naturaleza, preservar una postura escéptica. Lo aclara de la siguiente manera:
Si creemos que el fuego calienta y el agua refresca es tan sólo porque nos cuesta mucho pensar de otro modo. Es más; si somos filósofos, debemos serlo tan sólo sobre principios escépticos y partiendo de una inclinación que experimentamos de conducirnos de esta manera. (1.4.4, p. 203)
Entonces esto nos lleva a concluir que, si bien el mundo es, de hecho, constante, existe la posibilidad a de que no lo sea. Es por eso que la irrupción de Kant es tan importante, porque va un paso más allá: esa uniformidad o no-uniformidad del mundo de la experiencia sería imposible de pensar si no entran en juego las categorías, que son los conceptos puros con los que está cargado el entendimiento, una de las cuales, entre las de relación, es la de causalidad. Sin las categorías no tendríamos ninguna experiencia independientemente de cómo sea el mundo, regular o no.
La causalidad para Kant
Este apartado es simplemente para exponer de manera resumida cómo es recibido el problema de la causalidad por Kant y esbozar algunos aspectos de su propuesta. El problema general sobre el conocimiento, visto desde esta nueva vertiente, dejaba la puerta abierta para un cambio radical en la teoría moderna: fue Hume el “despertador” de Kant. Sin dudas, su análisis y examen a fondo sobre la noción de causa-efecto llevó a Kant a preguntarse nuevamente por la manera en que conocemos.
Es con Kant, básicamente, que la causalidad pasó a ser algo esencial a la física, y en general para toda comprensión humana posible, pero porque de la mano de Hume la noción de causalidad dejaba de ser un criterio metafísico, como en Berkeley, y esto es lo decisivo. En efecto, Kant señala que Hume se detuvo solamente en la proposición sintética relativa a la unión del efecto a determinada causa (principium causalitatis), y creyó llegar a concluir que ese principio a priori es un imposible, y que por tanto toda la metafísica reposa sobre la ilusión de un pensamiento racional que toma de la experiencia y la costumbre una apariencia de necesidad[12].
Kant distingue entre juicios analíticos y sintéticos. Los primeros no añaden nada al concepto del sujeto del juicio, y por tanto no extienden nuestro conocimiento. Los segundos implican una novedad en tanto se necesita tener algo que esté fuera del concepto que tiene el sujeto, donde el entendimiento pueda apoyarse para reconocer que el predicado es algo nuevo, y que no está ya contenido en ese sujeto. Por ello, para los juicios empíricos esa “X” que hace de garantía es justamente la experiencia, que funda la posibilidad de síntesis[13]. La experiencia es, para Kant, la unión sintética de intuiciones.
Ahora bien, que “todo lo que sucede tiene una causa” es algo que no puede ser establecido por la experiencia. ¿Por qué? Porque eso es algo imposible cuando se trata de juicios sintéticos a priori, como los de la matemática o la física. “Todo lo que sucede” es algo que permite extraer juicios analíticos, pero el concepto de causa no está contenido en ese “sujeto”, está fuera de aquél, es algo distinto. Entonces la “X” en la que se apoya el entendimiento para unir sujeto y predicado en este caso no puede ser la experiencia, porque todo nuestro conocimiento a priori reposa sobre principios sintéticos[14].
Entonces la causalidad es concebida por Kant como una de las categorías o conceptos puros del entendimiento. Las categorías son como algo pre-programado de la mente, que sirven para ordenar los datos que proporcionan los sentidos. Es decir, no es que “la mente se conforma a las cosas”, sino que “las cosas se conforman a la mente”; la mente ordena los datos que los sentidos proporcionan, los cuales se sintetizan espacio-temporalmente y según las categorías. Es por ello que las categorías constituyen las condiciones de posibilidad de la experiencia. De allí que también se desprende la idea de que cualquier inferencia basada en la noción de causalidad sobre asuntos que tienen que ver con algo de la realidad más allá de la experiencia sea algo ilegítimo. Lo importante aquí es señalar que con la propuesta kantiana se afirma la imposibilidad de derivar la causalidad del ámbito de la experiencia, como pretendía Hume.
Para concluir
La historia del concepto de causalidad demuestra que sufrió modificaciones considerables. En aquél entonces la coyuntura era dogmatismo contra escepticismo. Con el tiempo la oposición se tornó en lo que denominamos racionalismo-empirismo. Dentro de esta última corriente del pensamiento, Locke entendió que la idea de causa-efecto es una idea de relación y tenemos conocimiento de la causalidad porque percibimos la “operación” por la que una idea o una sustancia efectúa el inicio de la existencia de otra, pero sin necesidad de conocer el modo en que dicha operación se produce.
David Hume consideró esto insuficiente, fue más allá, y estableció que una causa debe ser anterior temporalmente y contigua espacialmente de su efecto. Sin embargo de esto no se deriva que entre causa y efecto deba haber una conexión necesaria. Si todo el conocimiento tiene en su origen a los sentidos y la experiencia, la idea de causalidad representaba un problema porque de ella no tenemos una impresión sensible de la cual sea copia. Asi es como Hume llega a afirmar, con ciertas dudas, que la idea que nos hacemos de causa-efecto es producto de la costumbre o del hábito y de la creencia. Aunque cabe señalar que esa creencia- de alguna manera implícita- en la uniformidad de la materia -o mundo de la experiencia- a la que hace referencia no pueda ser tenida en cuenta como criterio absoluto.
Por eso es que Kant va a poner a la causalidad como un a priori mental, es decir, como una categoría o concepto puro del entendimiento mediante el cual es posible la experiencia. Es decir, la información que nos proporciona la experiencia a través de los sentidos son recibidos y procesados por la mente humana conforme a estas categorías pre-cargadas, y también conforme al tiempo y el espacio, primera parte de la Crítica, por lo cual conocemos. Con esto queda establecido que es imposible derivar la causalidad del ámbito de la experiencia ya que justamente es la condición de posibilidad de la misma.
Bibliografía consultada
HUME, D. Tratado sobre la naturaleza humana [(1740) 2001] Albacete:Libros en Red (Ed. Electrónica disponible en: http://www.dipualba.es/publicaciones/LibrosPapel/LibrosRed/Clasicos/Libros/Hume.pm65.pdf, con la traducción del inglés original de Vicente Viqueira.
HUME, D. Investigación sobre el entendimiento humano [(1751) 2009] . Buenos Aires: Losada.
KANT, I. Crítica de la Razón Pura,[(1781) 2010). Buenos Aires: Aguilar.
LLORENS, F. “Análisis de David Hume del Principio de Causalidad”, extraído de https://francescllorens.files.wordpress.com/2011/02/el-principio-de-causalidad.pdf.
LOCKE, J. Ensayo sobre el conocimiento humano (1690), extraído de su versión digital disponible en http://blocs.xtec.cat/filocostaillobera/files/2009/03/Locke_John-Ensayo_sobre_el_entendimiento_humano.pdf.
STRATHERN, P. Hume en 90 minutos [(1996) 1998] Madrid: Siglo Veintiuno. Traducción de José Padilla Villate.
ZUBIRI, X. Apuntes levantados de una serie de Conferencias, extraídas de www.zubiri.org/outtlines-syllabi/causality/lectores.htm
Notas
[1] Ensayo sobre el conocimiento humano (1690) de John Locke, extraído de su versión digital disponible en http://blocs.xtec.cat/filocostaillobera/files/2009/03/Locke_John-Ensayo_sobre_el_entendimiento_humano.pdf. (IV.1.1) significará de aquí en adelante libro IV, capítulo 1, apartado 1.
[2] HUME, D. Investigación sobre el entendimiento humano. [(1751) 2009] . Buenos Aires: Losada. Pág. 23. Con respecto a la obra, es considerada como una especie de resumen a la vez que reformulación compacta de la primera parte del Tratado sobre la naturaleza humana, obra fundamental escrita por Hume en tres años y publicada a la edad de 26. El motivo de este segundo trabajo fue el “poco éxito” del primero.
[3] Op. cit. pp. 27 y 28.
[4] HUME, D. Tratado sobre la naturaleza humana.[(1740) 2001] Albacete:Libros en Red (Ed. Electrónica disponible en: http://www.dipualba.es/publicaciones/LibrosPapel/LibrosRed/Clasicos/Libros/Hume.pm65.pdf, con la traducción del inglés original de Vicente Viqueira). En adelante, para referirme a la obra mencionada, se indicará solamente entre paréntesis (I.3.2), y significará: Libro I, Parte 3, sección 2, seguido del número de página.
[5] HUME, D. Investigación sobre el entendimiento humano pp. 33-36.
[6] Op. cit. pp 41-45.
[7] Op. cit. pp 91-108.
[8] Op. cit. pág. 109, in fine, cursivas del original.
[9] Op. cit. pp. 65-70
[10] Op. cit. pp 73.
[11] Esto sostiene Francesc Llorens en el texto “Análisis de David Hume del Principio de Causalidad” fue extraído de https://francescllorens.files.wordpress.com/2011/02/el-principio-de-causalidad.pdf.
[12] KANT, I. Crítica de la Razón Pura,[(1781) 2010). Buenos Aires: Aguilar. pp. 62 -64.
[13] Op cit. pp. 55 y 56.
[14] Op. Cit. pp. 57-61.




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