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En búsqueda de la felicidad



-En algún momento tenías que aparecer.


-Por supuesto. Me preocupas.


-Sí, y me enseñaste mucho. Gracias a vos abrí un mundo nuevo donde el miedo a la muerte no me impedía desarrollar mis placeres con tranquilidad. No temerla sino aceptarla como necesaria para finalizar una existencia dada, y mi idea de felicidad consistía en que a la hora de morir al menos piense que en la vida no fracasé rompiendo mis ideas. Esto, un poco más que el resto, era mi primer motor para desear vivir y complacer mi cuerpo. El problema es que hoy no puedo mentirme y decirme que viví sin traicionar estas ideas. Vos y yo sabemos que lo hice, y por eso quise hablarte; quizás no para aconsejarme o persuadirme, sino para relajarme; vos sabés que tu compañía me sienta bien. Siempre estás ahí cuando te necesito, así que tus palabras en nada importan ahora, porque no quiero tus argumentos, sino tu compañía. Por alguna razón, aunque estés en silencio, me escuchás y me entendés; sé que me entendés. Eso significa mucho para mí porque solo vos sabés lo que sufrí e hice sufrir. Solo vos sabés cuáles son mis verdaderos miedos en la vida, qué es lo que más deseo y cuándo me sentí plenamente feliz.


-Estuve precisamente porque no estuvo nadie más. Me necesitaste y te ayudé, muchas veces. Veo que ahora me necesitás de nuevo, y acá estoy.


-Necesito tu ayuda para saber alguna manera de encontrar la felicidad afuera de esa lógica que construí, que era poco realista, a decir verdad. Y es que ese argumento me priva del acceso a cualquier felicidad pura, más allá de la felicidad plena que sentí con la compañía de mis amistades, adquiriendo nuevas experiencias placenteras o meros “triunfos personales”. Necesito cambiar esa premisa para permitirme ser auténticamente feliz nuevamente, o al menos sentirme feliz conmigo segundos antes de mi muerte, que es lo que más deseo.


-¿Ves por qué me necesitás? Te conozco más que vos, y me decís que solo necesitás mi presencia pero es falso, lo sabemos. Necesitás que te dé cátedra. Estoy aquí porque sos un cagón, y desbordada por tus delirios filosóficos.


-Sí soy cagón en muchos sentidos, pero precisamente en qué soy, a tu forma de ver, es algo que me tenés que responder. Y si sabés si, por casualidad, puedo encontrar la felicidad en algún lugar en específico.


-Enteramente cobarde. Y perdón por subrayarlo, pero por eso estoy aquí, porque necesitas mi ayuda. Es la cobardía y un orgullo ficticio lo que te priva, principalmente, en cambiar tu lógica. Es tuya, y la amas; no te la quitás más de encima. Sos cobarde porque no les contás a tus amistades tus ideas ni tus miedos por temor a que quieran interferir en sus vidas y, sobre todo, cuestionarte. Simplemente no tenés ganas de explicarte ni hacerte conocer tal cual sos, eso que sí me confiaste a mí. Me podés argumentar que es esa indiferencia a la muerte lo que vos tenés, pero es falso. Confundís indiferencia a la muerte, o aceptación a ella, con deseo. Viviste una vida llena de alegrías y placeres, pero tu sistema de vida se apagó con tus ideas, de alguna forma, porque tu orgullo de haber vivido de este “sistema confidencial” priva a tus amistades y entorno afectivo sobre las razones de tus actos. Eso no es cobardía, es egoísmo. Y si yo llego a saber algo, como esa pregunta que hiciste, es porque vos también la sabés. Según vos, tu idea de felicidad era reconocer, inmediatamente antes de (o durante, no lo sabemos) tu muerte, que jamás rompiste tus compromisos éticos. Pero como sabemos que sí quebraste ya tus ideas, como ya hay cuenta y consciencia de ello, no podés ser libre ni feliz en esos momentos antes del viaje sin retorno. Y vos, necesariamente, deseás ubicar la felicidad en algún lugar, cualquier lugar, no a la ligera me dijiste de encontrar la felicidad “en algún lugar en específico”; por ende….


-Por ende, la felicidad es a posteriori, o sea que está después de la muerte.


-Exacto, y me necesitás no solo para reconocer que tuviste miedo de reconocer por tu cuenta. Para eso me inventó tu cabeza, para ocupar un lugar en los huecos de tus necesidades insatisfechas, de tus inquietudes más picantes; para darte el valor que no tenés, pero no te puedo ayudar en todo. Yo no puedo saber más que vos, pues soy vos. A lo sumo, yo sabré algún dato que esté vagando por tu inconsciente y que hayas olvidado, pero no más que eso. Y ya es un poco tarde; digo, para algo me esperaste. El tembleque en la mano que aprieta el arma no demuestra miedo; el temor no te invade, sino la ansiedad y la dureza. Las primeras especulaciones después de tu muerte van a girar en torno a “se mató en un ataque de pánico” o algo relacionado con la cocaína (y la cantidad que debes tener en este momento en el cuerpo) y malestar emocional, por dejar el plato lleno de falopa; todas las colillas de cigarrillos, todo un desastre de botellas y papeles; pero eso no es más que la simple cotidianeidad de tu depresión, y tu muerte realmente no es más que un conflicto conceptual. Tu muerte es un hecho, aunque por desgracia nadie va a saber por qué te suicidaste; lo cual es muy injusto, ya que siempre manifestaste amor durante toda tu vida, tu sonrisa nunca se apagó, y eso seguro confundirá mucho, y no considero que sea coherente con tu lógica, pues no hace más que seguir golpeando aún más tus propias ideas.


-Sí, terrible bosta soy.


-Hey, perdón por eso, no ayuda en nada. Pero no pongas esa cara, que después de la muerte sí encontrás la felicidad.


-¿De verdad?


-Necesitás, o sea, tu terquedad necesita creer lo que digo. Generalmente digo lo que deseás escuchar, quizás una falsa ilusión o una necesaria fe. En algo hay que creer, dicen. Y, hey, no pongas esa cara te dije. Sonreí, que no fuiste una mala persona, solo te equivocaste ¿y quién no? Yo te amo. Si querés aprieto yo el gatillo por vos, porque tu mirada me lo está pidiendo, y para eso me llamaste ¿no? Solo cerrá los ojos, y mientras acaricio tu cabello tenés que pensar lo más rápido que puedas, cual pantallazo, las personas que más amaste, tus momentos más alegres y cada animal que abrazaste y besaste. Si querés inmortalizar tu felicidad en estado más puro, que sea ya.


-Gracias por tus palabras, y no hace falta que desvíes el recorrido de mis lágrimas. Aman viajar, como yo. Claro que me ayudaría que vos hagas este último trabajo por mí. Solo una cosa tengo que decirte.


-¿Sí? ¿Qué es?


-Yo también te amo.


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Un excelente escrito, llama mucho a la reflexión sobre el suicidio, la felicidad, el amor y hasta en un segundo plano las adicciones. Sin dudas un excelente trabajo del autor

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